La lectora Graciela Jatib, para oponerse a la reforma laboral (carta del 08/02), parte de una información equivocada y prejuiciosa. La mayoría de los drugstores que en los últimos años surgieron en las ciudades, son pequeños comercios atendidos por sus dueños; son emprendedores privados que se animaron a la aventura de no depender del estado y encarar un trabajo propio. No descarto que algunos de ellos contraten empleados, pero lo más probable es que sean sus hijos u otros familiares para poder eludir la pesadilla de las cargas laborales. Es demasiado prejuicio pensar que estos pequeños o medianos empresarios sean explotadores de jóvenes indefensos; es exagerado pensar que sus hijos “del confort y de la opulencia” “cambiarán el auto todos los años y viajarán a islas fabulosas”. No entiendo el pensamiento de la lectora, ¿acaso cree que los dueños de esos comercios son genéticamente perversos? ¿Piensa tal vez que sus hijos, por sus perversos genes heredados, van a abandonar a sus padres en un geriátrico para quedarse con su fabuloso negocio y seguir explotando jóvenes indefensos? Comparto la preocupación de la lectora por “el futuro de nuestros jóvenes, hijos alumnos y parientes que vemos cada día por las calles”. Precisamente por ellos debemos aplaudir la utopía de esos emprendedores privados condenados por la lectora Jatib, porque decidieron no vivir del Estado y emprender un negocio que les permita ofrecer un servicio y dar trabajo. Por el bien de esos jóvenes ojalá que siempre tengan éxito. Finalmente debemos tener en cuenta que, de los impuestos que pagan esos comerciantes, se mantiene el estado y puede solventar los sueldos de los empleados públicos, que seguramente para la lectora son genéticamente virtuosos.

Luis Ovidio Pérez Cleip                          

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